Desde que nació Revista Anfibia en 2012, su director Cristian Alarcón lidera un proceso que explora los nuevos horizontes de la crónica. Parado frente a los desafíos de la época, el escritor de no ficción propone repensarlo todo. A lo largo de cuatro encuentros, Alarcón propuso recorrer la historia de la crónica, sus orígenes y las nuevas tendencias, no para construir un canon sino para superarlas. De la investigación a la narración y de la interpretación a la creación: la propuesta del seminario de Alarcón fue cambiar la piel de los cronistas y los aspirantes a hacerlo: repensar los vínculos con la realidad, con los académicos, con las audiencias, con los medios de comunicación. A continuación, compartimos uno de los ejercicios trabajados durante la cursada.

Pu zomo iom mew. Las nietas 

Paula Cecchi

El primer día del taller de mapuzungun el pentukuwün fue la actividad que más tiempo llevó. Hacer pentukuwün es presentarse, contar cuáles son los orígenes propios. El sufijo uwün refiere a que la persona que habla está implicada en la acción. Pronunciarla, algo así como una u larga y profunda que se desdobla, señala esa interioridad puesta en juego.

Antes de hablar, Rocío dejó el termo engordado por capas de stickers en el piso. Su seguridad al presentarse salió al cruce de las miradas que cotidianamente sospechan de su pertenencia mapuche por tener la piel blanca. Habló del miedo y la decisión de su abuela de no contar, de los conocimientos que ya no van a tener.

Su prima Carla, sentada al lado, recordó a sus abuelos. Agradeció haber compartido antes con ellos y ese día con Rocío.

Sin hablar, los mayores orientaron los recorridos que las llevaron ahí. Como nietas fueron las primeras en sus familias en empezar a buscar lo que hasta entonces no habían tenido.

Con la misma certeza, Rocío cerró su presentación:

-Lo vamos a recuperar de otras formas.

Latente

Katherine Subero

Pasó días trabajando sin ser presentado, pero eso cambió en la reunión semanal del trabajo: yo soy Jonathan, abogado, tengo 27 años y llegué a Chile hace 24 meses, quizás el dato curioso es que vivo con mi novio. Me gustan las plantas y cocinar también.

Con el tiempo se hizo querer. Es de los que saca un chiste y bromea contigo, es como el alma de la fiesta, pero un día comentó: hierba mala no muere, así tenga leucemia. Eso me alertó.

Lo que no sabía era que detrás de esa chispa encantadora está él, sintiéndose limitado y con mucho miedo.

De su puño y letra revela que perdió la libertad de ser una persona completamente feliz y de ofrecer todo lo que tiene: Pasé varios años pensando que siempre estaría solo por mi condición presente y latente. Sabía que si llegaba esa persona especial sería complicado explicar por lo que paso día a día, y no sentir que me viera con cara de lástima.

Para Jonathan su vida cambió radicalmente cuando supo que tenía el Virus de la Inmunodeficiencia Humana.

Las formas del miedo

Lucia Sabini 

Es 24 de diciembre y la familia Izagirre se junta a celebrar una tradición más por costumbre que por creencia. El papá de Edurne no está en la cena y su ausencia se respira en el aire. Nadie dice nada, pero uno por uno comienzan a llorar; como si se fueran turnando para hacerlo. Edurne también llora, pero en voz baja para no molestar.

Su padre había sido alcalde de Tolosa, una ciudad de 20.000 habitantes en la provincia vasca de Guipúzcoa. Luego de ese primer mandato ya no hubo otros: el partido al cual pertenecía fue proscripto y todos sus miembros también. Dos atentados mortales en el pueblo a manos de la ETA, habían dado la estocada final para que el frágil acuerdo de paz volara por los aires. Por esos días, un compañero de la organización había dicho el nombre de su padre cuando lo detuvieron y por miedo a correr la misma suerte, él decidió esconderse hasta que se calmaran las aguas. En casa, madre tomó las riendas de todo y los tres hijos aprendieron a no preguntar demasiado. Cada día policías de civil custodiaban la entrada y a Edurne en el colegio la miraban de lejos y cuchicheaban: todos sabían.

Las calles y la espera

Laura Terenzano

La casa de mitad de cuadra de la calle Alvear es una más de las del centro, con fachada exterior estilo americano, ventanas, rejas, un patio delantero y al final el timbre. Pintada a nueva hace poco, el color entre marrón y beige hace que casi no se note cuando se pasa con el auto o el colectivo. El living es de un tamaño justo, con las ventanas cerradas y las persianas bajas. Aunque son las cuatro de la tarde, las cortinas también están cerradas y adentro no vuela una mosca. Solo ladra el perro, que aunque amable, se nota que protege a su dueña. Detrás de una mesa de madera, sentada casi como en un rincón, M.F. espera con una bandeja con café, tés saborizados y mate. Bizcochitos de grasa y algunas medialunas están también sobre la mesa pero por las migas derramadas no queda claro si son para consumir ahora o quedaron del desayuno. Con sus ojos mirando a la nada, como recordando una época, M.F. parece preparada, convencida, como si de una vez por todas fuera este el momento de largar lo que durante tantos años le costó anorexia, depresión y esa sensación de ahogamiento. La justicia provincial acaba de declarar prescripta la causa en la que denunció por abuso sexual infantil a su tío, que durante años sometió a ella y a su hermana en su casa de la infancia. Una casa de calle San Juan que todo el pueblo conocía, porque ahí, además de vivir, atendía su tío, el bioquímico más prestigioso de la ciudad. –

El arrebato

Mónica Muñoz

Buenos Aires, barrio de Palermo, 6 de la mañana de un lunes de octubre. «Me estás robando hijo de puta» Esas palabras gritadas se metieron por las rendijas de la ventana de mi departamento.. Me levanté corriendo y miré. No vi nada pero sí escuché claramente como alguien con tacos altos corría por la calle silenciosa llevándose sus gritos. En el mismo impulso me puse las pantuflas, la campera roja de entrecasa  y bajé corriendo las escaleras. Medio dormida. En mi cabeza, flotaba otra frase, la que escuchó Walsh detrás de una persiana, «No me dejen solo, hijo de puta». La psiquis tiene reacciones insospechadas. No sé cuál de las dos frases me movilizaba. Una le robó sentido a la otra. Sólo fui una cronista desempleada, despeinada y sin lavarse los dientes bajando las escaleras por un grito desgarrado. Y la encontré a ella, sentada, llorando contra la pared del bar cerrado de la esquina. Cuando le ofrecí ayuda me dijo llorando que en la cartera robada llevaba los lentes recetados de su hijo más chico, que había trabajado 16 horas por día para juntar la plata.

Sin casamiento ni perdón

Rodrigo D’Angelo

10 de octubre de 1995. Registro Civil de la Ciudad de Mendoza. Juana tiene la lapicera en la mano, pero se rehúsa a firmar el documento que le permita a su primogénito José, de apenas 19 años, casarse con Luciana, de 18. “Aún son muy chicos. Todavía no son independientes y sólo los guía una ilusión, un cuento de hadas. Yo no voy a ser verdugo de nadie”. Las palabras de Juana ante el juez fueron lapidarias. Su postura era clara. Días después se lamentaría.

La familia de Luciana tomó su negativa como una ofensa. Por eso fue ignorada y no estuvo incluida en la lista de invitados de la fiesta de casamiento de José y su nuera. Cuando Juana se enteró, ya era demasiado tarde. Se había perdido uno de los momentos más importantes de su vida. Hoy, 24 años después, esa herida todavía no ha cicatrizado.

Papá

Florencia Rizzi

Abre un estudio de rutina, ve que la glucemia le dio un poco al límite y piensa: “Dios, me tengo que cuidar de esto porque mi papá tiene diabetes”. A los dos segundos se corrige: “No, cierto que no es mi papá”.

Ahora es así, casi a cada rato se acuerda de modificar una estructura que durante 40 años fue de otra manera. Se sigue llamando Sabrina, sigue viviendo en el Oeste, sigue siendo periodista y fanática de Edith Piaf, pero a partir de esos primeros 10 minutos de shock en abril de este año en los que no pudo dejar de repetirse “no vinculante, no vinculante, no vinculante”, cuando

leyó en otro estudio no tan de rutina cómo es, fue, y será el lazo con quien siempre había creído su papá, sabe que podría tener otro apellido.

Perdió la identidad que le dieron, ganó otra de la que mucho rastro no hay, porque los involucrados ya no están.

Con la certeza de que la intuición por lo general no falla, se siente más unida que nunca a ella misma y a quien de todas maneras es, fue y será su papá.

El señor del afiche

Ana Belén Marrello

A Felipe le quedó la sensación de que María sabía quién era su madre biológica y que sin embargo nunca le iba a decir el nombre. Solo le dio algunos datos. Que era de una familia acomodada de Belgrano, hija de un médico o de un militar de la Fuerza Aérea que quería casarla con un cadete de la Marina en carrera. Luego de una infidelidad de la joven, y para que no hubiera una discordia familiar, la mandaron a estudiar a los Estados Unidos. Después de unos años habría regresado para casarse con el devenido Oficial.

No hay datos de cómo ni dónde se conocieron, ella de 16 años y su amante de 18. Quedó embarazada y su hijo fue entregado al hombre, quien nunca más volvió a saber de ella.

Pensativo, Felipe ceba mate dulce con su termo de Independiente. En la pared, los ojos de su padre secuestrado y desaparecido el 23 de agosto de 1962, interpelan desde un afiche.

Eduardo Felipe Luis Vallese nunca pudo conocer a su madre, y de su padre, obrero y delegado metalúrgico y uno de los fundadores de la Juventud Peronista, tiene muy pocos recuerdos. Fue criado por Elvia, una compañera de militancia de Vallese

Memorias que no se desvanecen

Pilmayquen Belgradi

Lo que siempre caracterizó a Rosa, mi madre,fue su sencillez. No sólo en sus vestimentas o los lujos –casi ínfimos- que alguna u otra vez se dio, sino también, en las elecciones que tomó a lo largo de su vida. Tal vez, todo esto sea producto de la pobreza que habitó su hogar paterno. Cuando yo tenía más o menos 8 años, me contó varias historias de aquellos tiempos. La que más me llamó la atención, fue una que tenía que ver con ositos de porcelana y brillantina

-Éramos muy pobres. Mi mamá me dijo que no se podía y bueno… tuve que dejar a un lado esa idea,como muchas otras.Me conforme con juntar pedazos de mosaicos que encontraba en el suelo de la plaza o en los patios vecinos – Me comenta, haciendo un gesto con los hombros como si ya no le importara.

Pasaron cincuenta años desde aquel episodio, pero de vez en cuando, aún la veo a mi madre recogiendo piedras brillosas y pedacitos de mosaicos en el suelo de la plaza o en los jardines vecinos.

Cinco siglos

Daniel Barril

El Capitán en retiro Raúl Vergara se toma la frente con la mano izquierda, como quien se seca la traspiración. Apuntando la mirada al patio de su casa, respira profundo. Resopla suavemente su tazón de café caliente. Un leve rayo de sol atraviesa la ventana y se posa sobre el mantel.  Son pequeños guiños cotidianos que Raúl celebra íntimamente, como trofeos impensados del triunfo de la vida sobre la muerte. Fueron cinco años preso en Chile por resistir al Golpe. Cinco siglos de encierro oscuro y silencioso. Hasta que lo subieron a un avión y lo expulsaron a Inglaterra bajo pena de extrañamiento. Dice que al llegar, contó sus pasos mientas bajaba la escalinata en el aeropuerto de Londres.  Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once.  Suspira.

-¿Cómo no voy amar esa ciudad? Ahí volví a abrir los ojos.

Atlantis

Julia Cadoche

La noche del 29 de abril de 2003 Manuel entró a una casa desconocida buscando a su mamá. Volvía de su casa, en barrio Roma. O lo que quedaba de ella, que no era más que el techo. La combinación de inoperancia, corrupción y desidia habían dejado una herida en un terraplén en la zona norte de la ciudad de Santa Fe. Por ahí se coló el Salado y en cuestión de horas un tercio de la ciudad quedó sumergida. Nadie conoce la velocidad del agua hasta que llega, imparable, y traga todo a su paso.

Manuel y su familia habían salido temprano, con la velocidad de quienes huyen y sin tiempo de pensar que salvar. Cuando se reencontraron en esa casa ajena, las lágrimas brotaron pesadas de sus ojos:

– Perdimos todo, sus fotos, la ropa, los títeres, lo que quedaba de él se lo llevó el agua. Papá se murió de nuevo.

Con un aullido de loba vieja Adriana maldijo su suerte, a los malos gobiernos, a su marido y abrazó a sus hijos. Bajo el agua quedaron los recuerdos, tocaba empezar desde cero.

Vivir la pérdida

Patricia Morales

Era fines de agosto. Marcela salió de su casa para juntarse con su amiga Amalia. Habían acordado avanzar en su proyecto.

Estuvieron en eso toda la mañana y cuando ya no leían producto del cansancio decidieron parar. Cada una aprovecharía el tiempo para hacer trámites y se juntarían nuevamente en la tarde. No estaban apuradas con la entrega, el trabajo era una buena excusa para verse y acompañarse, algo que las dos disfrutaban.

Marcela se desocupó antes de lo previsto. Llamó a su amiga para almorzar, pero Amalia no alcanzaba. Finalmente fue con otro amigo a un local de pizzas.  “Pizza y cerveza para la mesa 4” gritó el mesero. Pero antes de que llegaran los platos, Marcela recibió una llamada de la mamá de Amalia.

– Ven urgente a la plaza de Echeñique – le dijo.
– Estoy almorzando con Pedro ¿Pasó algo? – respondió Marcela.
– La Amalia tuvo un accidente, parece que es grave.

Hace un par de semanas otra amiga de Marcela había muerto atropellada, así que lo primero que pensó fue que, obviamente no podía pasar de nuevo. El destino, el universo o Dios – en quien creía férreamente Amalia – no podían ser tan injustos.

Cuando le quedaban solo un par de cuadras empezó a ver a mucha gente reunida. Apuró el paso al ritmo de los latidos de su corazón. Hasta que se encontró ahí, de frente con el cuerpo de su amiga tapado con un plástico.

Se sentó en la cuneta. Ningún pensamiento podía ser más fuerte que su dolor. Han pasado diez años desde ese día y cada agosto Marcela se sienta en esa cuneta. Si pensar nada. Solo se permite vivir la pérdida.

Las fotos de Ana

Carlos Barral

Mirá lo que encontré dice Ana y muestra una foto que durante décadas estuvo enmarcada y colgada en alguna de las paredes de la casa de la calle Darregueira en Banfield; una constelación de caras: Ana sonriente, Ana mirando hacia arriba, Ana mirando al frente, Ana seria, Ana más sonriente. El fotógrafo vino a casa, me sacó un montón de fotos y unos días después las trajo y mamá eligió algunas dice.

También encontré estas otras dice y muestra una foto enmarcada en la que su papá Polo -serio como radical bajo el segundo mandato de Perón- aparece junto a dirigentes del club Banfield en algún salón o despacho estatal dándole la espalda a un gran cuadro con la imagen de Evita. Después muestra otra foto en la que uno de sus tíos posa junto a sus compañeros de un equipo de básquet y luego abre un pergamino dedicado a otro de sus tíos por su tarea en la jefatura de bomberos voluntarios de Avellaneda. Mirá dice, esta debe ser del año treinta y muestra una foto de su mamá Marta con vestido de comunión.

Ana tiene setenta y cuatro años, es docente jubilada y dice que se cansa de subir y bajar la escalerita cargando cajas con fotos y cosas viejas que guardaba arriba de un mueble; y que mejor cierra la puerta de esa habitación -que hasta hace unos meses fue su cuarto- para aprovechar la tarde de domingo y dormir la siesta en su nuevo cuarto, el que fue de su viejos desde que se mudaron a la casa de la calle Larroque -siempre en Banfield- y en el que nadie dormía desde que su  mamá  falleció hace poco más de cuatro años.

Vivir sin mañanas

Damián Duarte

Hernán baja la mirada, la deja en un punto fijo y libera un suspiro en medio de un silencio que dura más de lo esperado. La cara de su hija Bianca regresa frente a sus ojos en todas las caras que lo miran. Con sus dedos finos que tiemblan un poco recorre el contorno de su mentón y se toca los labios, se esfuerza por conservar la nitidez de los rasgos de la niña que no ve hace más de cuatro años. No recuerda el día exacto, por eso se levanta de la silla, camina hasta su habitación y unos segundos después vuelve con un papel en la mano. Señala una fecha, y unas líneas más abajo se lee, en letras mayúsculas y subrayadas, la citación del Juzgado de Familia para una audiencia por cuota de alimentos. Al otro día Bianca volvió con su mamá a Corrientes. Fueron años duros, seguía de largo enroscado, no cumplía con nada, mis días no tenían mañanas, dice y hurga en la ceniza del recuerdo color tristeza.

Sabe lo que perdió: tiempo, ternura y valiosas oportunidades de crear un vínculo sano con su entorno. Quince años de adicción a la cocaína no son gratis para nadie, cuenta mientras ahoga la frase con una risa sobreactuada. Mucho menos para él, que liquidó de arrebato la guita del primer cumpleaños de su hija en tres bolsas de merca, cuando todavía era devorado por la perfo de relacionista público.

Cantar sin escucharse

Víctor Pineda

Cristina no levanta la mirada de su tejido mientras me responde. El movimiento de sus manos y su mirada concentrada son similares a los gestos que ejerció durante casi 30 años.

Toma un sorbo de té y explica. Fue durante sus consultas como odontóloga que se dio cuenta que algo estaba fallando:

-Pedía a los pacientes que me repitieran lo que decían, porque no escuchaba. “Perdón? ¿Perdón? ¿Disculpe?”. Me di cuenta que repetía esas palabras cada día más.

Hoy Cristina tiene una ayuda auditiva en su oreja izquierda y pronto tendrá una segunda a su derecha. Le encanta cuidar a sus nietos, aunque en las noches, al quitarse su aparato, no pueda oírlos llorar si tienen una pesadilla. Estas misiones nocturnas las confía a su esposo.
Cristina es sorda, pero no le importa, o por lo menos nunca deja ver ni un poco de nostalgia por los sonidos que más nunca escuchará. Ella sigue cantando en las misas protestantes a las que asiste, aunque sepa que está desafinada y fuera de ritmo.

Rostros

Luciano Godoy

Gustavo pelea con su memoria. Recuerda la lluvia de esa mañana en la refinería de Shell. Lo aturde la sirena que tapa las bromas del Boca-River. Son las 9. ¿O las 11? Se ve correr con otros brigadistas.

– ¡Fuego en CD3!

Vuelve a ver un casco convertido en un plato amarillo flotando en un charco.

Ahora tiene a Sergio Esquivel quejándose en su camilla, el rostro desfigurado. Corre hacia la ambulancia como reza el protocolo que aprendió en cien manuales. Dice que los manuales no tienen gritos, ni olor a tela quemada.

No logra recordar si murió el lunes o el martes, pero ese mismo día decidió ir en busca de ese rostro. No era solo el de Sergio. Era el de cientos de obreros tercerizados llegaban a trabajar barato en las paradas de mantenimiento.

Entra de nuevo a la casa de los Esquivel. Esquiva los pibes que corren pibes descalzos, escucha el llanto que un hombre interrumpe para saber si lo llaman por una changa.

Sale lleno de odio, pero con el rostro guardado de Sergio y sus compañeros. Ahora entiende por qué carajo se jugaban el pellejo en ese polvorín por lo mismo que te sale llenar el tanque del auto.

Litoral

Oscar Córdoba

-Naciste en Corrientes – Con esa frase cambió su vida. El primo grande –y padrino de bautismo – lo miró para luego hacer un recorrido visual por la mesa. Fragmentos de un almuerzo desnudo; metáfora de una vida que con dos palabras había cambiado.  Para el, con esa frase los vínculos de sangre quedaban hechos trizas y la familia que había tenido por cuarenta años se alejaba y se convertía en un grupo de extraños. El secreto roto los arrastraba como un río y los dejaba en distintas orillas ahogados en salmuera.  Aunque las primeras palabras no fueron esas sino, entre lágrimas y con la voz apagada y con un llanto incontenible transformado en hipos, “¡sos hijo de la Peti! … sos hijo de la Peti. Naciste en Corrientes”.

La escena, sigue con más lágrimas y menos confesiones en la ciudad de San Juan. Ya todo se ha dicho en el departamentito de la calle Brasil. Así supo que fue adoptado en secreto y que su mamá era la empleada de su tía cheta que vive en Curuzú Cuatiá.

Las víboras 

Lucía Maina Waisman

— ¿Que se les perdió? —le preguntó Alberto al Tío Rico cuando vio que toda la familia buscaba algo alrededor de la casa que habitaban desde siempre en las costas del río Quilpo, en las sierras cordobesas—. ¿Una víbora? —agregó con una risa reprimida, como para sacarle el tema de esa vez que él, borracho, había pisado una yarará.

El Tío Rico bajó la mirada. Se hace el boludo, pensó Alberto y bajó a ver qué pasaba.

— Vimos una cobra recién, pero… ¡no sabemos dónde se metió! —le dijo su hermano José, que iba y venía entre la galería y el río.

Alberto se puso el sombrero que llevaba colgando del cuello y salió disparado a buscar su caña. Cuando volvió, empezó a bordear el río, hasta que vio unos granos de arena caer sobre el agua. Se agachó y ahí, entre dos piedras superpuestas, la vio deslizarse. Entonces, como siempre, la enlazó con un alambre, pegó un tirón, elevó la caña mientras la cobra se sacudía por los aires y la embocó en un bidón que tapó inmediatamente. Era la número 131: la última víbora que cazó Alberto. Las otras 130 fueron a pedido: un hombre de unos laboratorios de Buenos Aires se las compró para hacer inyecciones, como la que aquella vez agarraba la enfermera del dispensario mientras le ordenaba al Tío Rico que dejara de llorar y se bajara los pantalones.

Juan

Valeria Furgiuele

Una mañana del ‘56, antes de salir, cepilló a su yegua Mora con tanto brío como cuando se besa fuerte. Amanece  por las callecitas de Laínez y Caseros, galopa fuerte sobre Mora. En una de las vueltas costaleó. El frío le punzó parte del cuerpo, luego sintió calor,  era la sangre que estaba moviéndose, ese extraño placer al que se le sumaban las nubes entremezcladas y un zumbido que le acompaña invariablemente.  

– ¡Tú te callas, te vas a matar pelotudo! -gritó el montañés de su padre. Así se enteró que la había vendido. La explicación no llegó más que al grito

Se quedó inmóvil, eran tiempos de carnaval y ya se sentía el ruido de las comparsas que llegaba suave por la ventana de la cocina. Cerró su puño con fuerza, las lágrimas le inundaron parte del cuello de su traslúcida camisa,  recordó la ausencia de siempre de su mamá. Sabe que tiene ganas de ser abrazado y lo único que escucha es al loro vecino cantar la marcha peronista.

Juan a sus 15 años supo del sentido de pérdida y el de pertenencia.


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